martes, 17 de febrero de 2015

No es sólo Grecia, es el futuro de la Unión Europea




Comienza la semana decisiva para saber si el gobierno alemán va a continuar imponiendo a toda Europa su diktat, es decir las condiciones leoninas del rescate a Grecia y la continuidad de las políticas de austeridad, reformas (recortes estructurales) y devaluación interna de los países endeudados.

Por lo que sabemos de la reunión del Eurogrupo del día de hoy así parece. Wolfgang Schäuble vetó un preacuerdo en torno a una resolución que Moscovici y Varufakis habían pactado y la reunión terminó sin acuerdo alguno y con un ultimatum del Eurogrupo a Grecia para que acepte en cuatro días la prórroga del rescate. 

Los gobiernos socialdemócratas se plegaron, como siempre, a la presión alemana. Los gobiernos más conservadores del Sur, como el español y el portugués, se alinearon, como venían aireando en los últimos días, en el frente de la dureza contra Grecia. En el de la dureza, el sectarismo político y la estupidez y el olvido de los intereses nacionales. Porque lejos de ser cierto que España se vería perjudicada por la posición griega, España sí se verá perjudicada por los que pueden promover una muy sería inestabilidad financiera en toda Europa -que afectaría muy en particular a España, Italia y Portugal- con tal de castigar la osadía de un Gobierno que quiere cumplir con la voluntad de los ciudadanos que le han votado, sin dejar de responsabilizarse de sus compromisos con sus socios. 

el gobierno de Rajoy también va en contra de los intereses españoles al apostar por la continuidad de la política alemana para la gestión de la crisis que ha sido un completo fracaso. Resulta intolerable que se haga pura propaganda xenófoba diciendo que están defendiendo la devolución de los 26.000 millones que España prestó a Grecia. Porque España sólo avaló esa cantidad que prestó efectivamente el Mecanismo de Estabilidad Financiera, y la propuesta del gobierno griego de conversión de su deuda en deuda perpetua garantizaría que el aval no se ejecutase nunca. El paroxismo de esta demagogia basada en falsedades le correspondió al Ministro de Exteriores cuando afirmó que con ese dinero las pensiones habrían subido un 38% y la protección a los parados en un 50%. Sorprende, porque García Margallo no acostumbra a usar ese tono.

El problema no está en la obligación de cumplir, o no, los compromisos, aunque se trate de compromisos adoptados bajo coerción que han llevado al pueblo griego a perder la cuarta parte de su riqueza con una enorme desigualdad en la distribución de la pérdida, todo ello promovido directamente por las condiciones del plan de rescate. El problema está en decidir si se pueden seguir cumpliendo, o no, una parte de esos compromisos y condiciones. Porque lo que los miembros del Eurogrupo no quieren decir es que lo que defienden es que el Gobierno de Syriza  no pueda aplicar su programa de emergencia para que cientos de miles de griegos no pasen hambre y puedan calentar sus casas y para que tres millones, los más desfavorecidos, puedan volver a ser asistidos sanitariamente por la Seguridad Social. Porque lo que los responsables políticos europeos quieren ocultar es que estas situaciones se derivan directamente de condiciones impuestas por la troika al gobierno de Samaras

Lo que parece que no aciertan a comprender los responsables políticos europeos y de los gobiernos nacionales de las dos principales corrientes políticas es que si finalmente logran derrotar las muy justas pretensiones del gobierno de Alexis Tsipras, para muchos europeos europeístas empezaría a carecer de sentido seguir apoyando la existencia de una UE tan antisocial y poco solidaria. 

No se puede esperar por más tiempo para apoyar con toda firmeza la posición del gobierno de Grecia por parte de las fuerzas políticas progresistas, los sindicatos y las organizaciones sociales. 

Porque no es sólo el futuro de Grecia lo que se está jugando en estos días decisivos, es el futuro de toda la Unión Europea.


viernes, 23 de enero de 2015

Luces y sombras de la “expansión cuantitativa” del BCE


El Consejo de Gobierno del BCE ha aprobado, en su reunión del 22 de enero de 2015, el primer programa monetario de “expansión cuantitativa” (EC) (“quatitative easing”) de su historia que contempla compra masiva de deuda pública de los Estados de la zona euro. La Reserva Federal de los EE UU ya había iniciado este tipo de actuaciones  a finales de 2008. Los bancos de Inglaterra y Japón pronto se unieron a esta política. Los resultados en términos de crecimiento y empleo han sido mejores (mucho mejores en el caso de los EE UU) que los obtenidos en la zona euro de la UE. Y la inflación sigue contenida en los tres países. La UE, por el contrario está en deflación y con el crecimiento estancado.

Analizaré brevemente la decisión del BCE:

-   El programa ha sido cuantitativamente más ambicioso de lo esperado: hasta 60.000 M€ durante 17 meses (de marzo de 2015 a septiembre de 2016) permitirían comprar hasta 1,02 billones de euros de deuda. Por las palabras de Mario Draghi es revisable (al alza o a la baja) en función de las circunstancias, ante todo en relación a cómo se avance en la consecución del objetivo de inflación: 2% del PIB.

-    La cifra de 60.000 millones sería suma de 45.000 M€ para compras de deuda pública de los Estados y 15.000 M€ de compra de deuda privada. En este último punto se solapará (sin sumarse) con el programa vigente de hasta 13.000 M€ mensuales.

- Las compras se realizarán, según todos los indicios, en el mercado secundario. 

-  Los mercados financieros que ya venían anticipando el apoyo al programa de EC europeo han reaccionado con claro optimismo. A las subidas en el mercado de renta variable se añade la caída de los tipos de interés de las deudas soberanas. La española cuyos bonos a 10 años cotizaban el día 21 de enero al 1,53%, cayeron el día de la decisión al 1,39%.  La prima de riesgo de la deuda española bajó de 106 puntos básicos, la víspera de la decisión, a 97. Las bajadas de los tipos de interés de los bonos de deuda pública son generales (incluso fuera de la zona euro y a nivel mundial). El bono alemán a diez años también alcanza mínimos históricos: 0,44 % el día 22, y 0,37% el día 25. Por no hablar de la deuda suiza a largo plazo: ¡-0,26 %!

-       --- El tipo de cambio del euro respecto del dólar se situó, el día 22, en 1,142. Al día siguiente bajó de golpe un 3,6% para situarse en el 1,128. Fue la 2ª mayor caída en un día desde la creación del euro. La devaluación del euro ha sido del 18% desde su último pico máximo de hace unos meses. El euro ha perdido un 18% desde su último pico de máximos de hace unos meses. 

Todo esto puede suponer un abaratamiento extremo del dinero, una mayor disponibilidad del mismo y una definitiva pérdida de atractivo de la deuda pública para los bancos, lo que debería traducirse –todo ello- en un aumento del crédito a empresas y particulares (proceso que como todo el mundo sabe no es automático), con el  consiguiente incremento de la demanda interna. El abaratamiento de la deuda pública que podría llegar, en el caso de España, a, por lo menos, congelar la carga de la deuda en los presupuestos (en la verosímil hipótesis de continuar necesitando emisiones de deuda nueva).También puede promover el crecimiento económico al facilitar las exportaciones de los países de la zona euro.

Pero la decisión del BCE tiene también serias sombras económicas y políticas, derivadas casi todas ellas de las concesiones que Mario Draghi ha tenido que hacer a Ángel Merkel (la independencia del BCE siempre es relativa) para que le autorizara el programa de EC a pesar de las grandes reticencias de la opinión pública alemana. Y de la oposición del Bundesbank cuyo presidente, Jens Weidmann continuó haciéndolo en el Consejo de Gobierno del BCE, a pesar de dichas concesiones.

Los aspectos negativos y las insuficiencias del acuerdo del BCE son:

-   Se comprará deuda en función del peso de cada país en el Eurosistema. No hay ninguna prima a los Estados con mayor necesidad. El programa podría permitir a España la compra de hasta 7.800 M€ mensuales durante su vigencia.

-  El BCE sólo garantizará el 20% de lo comprado en caso de que la operación generara finalmente pérdidas (hipótesis muy probable). El 80% lo harán los bancos centrales de cada país. Aunque algunos dirán que es un avance hacia la mutualización de la deuda y la creación de eurobonos, a estas alturas es un avance insuficiente. Porque no puede continuar, por más tiempo, la negativa a establecer las condiciones que debe reunir cualquier unión monetaria y una de ellas, imprescindible, es que el banco emisor garantice todas sus emisiones y compras. Es una mala señal política que expresa la falta de voluntad de construir una auténtica Unión Monetaria. También se disculpa esta condición -inequívocamente alemana- diciendo que, en última instancia, si los bancos centrales nacionales fueran a quebrar por no poder hacer frente a las pérdidas ocasionadas por garantizar 4/5 de las compras, el BCE terminaría por asumir las pérdidas. De nuevo estaríamos en el escenario de hipotéticas decisiones de salvamento tomadas al borde del abismo, después de haber producido todo tipo de destrozos económicos y sociales, a las que nos tiene tan acostumbrados la gobernanza de la UEEscenario que habría que erradicar en lugar de arriesgarse a volverlo a propiciar.

-   El BCE no comprará bonos que tenga la calificación crediticia de bonos basura. De nuevo se da a las agencias de calificación de riesgos, cuyo mercado sigue dominado por las tres empresas norteamericanas co-responsables de la creación de la burbuja especulativa que nos llevó a la crisis que padecemos, un papel fundamental en la determinación de qué países pueden ser ayudados o no. De entrada esto excluiría a algunos de los más necesitados: Grecia y Chipre. Algunas informaciones añaden a Portugal (en este como en otros puntos las decisiones del Consejo de gobierno del BCE son ambiguas, cosa que también reflejan las actas cuando son publicadas).

-    No se comprará deuda por encima del 33% del PIB del país emisor. Este criterio también excluiría a Grecia porque el BCE ya compró, en su día, deuda griega que alcanza ya esa cifra. Al menos no podrá hacerlo hasta que dicha deuda venza, a finales de junio, lo que conformará un período de tiempo de presión al gobierno griego que salga de las urnas del 25 de enero.

Que no basta la política monetaria para salir de la crisis en las actuales condiciones de bajísimos tipos  de interés y enorme liquidez mundial está muy claro. Lo dijo el propio Mario Draghi el pasado mes de septiembre en su comentado discurso de Jackson Hole, en la reunión de presidentes de bancos centrales. Son necesarias políticas fiscales que estimulen la demanda. Y estas fallan.

El Plan Juncker de inversiones es radicalmente insuficiente. Es insuficiente en su cuantía soñada, 315.000 M€, el 80% de la cual debería ser aportada por inversores privados. Es radicalmente insuficiente la aportación de los presupuestos de la UE: 15.000 M€ de dinero viejo sacados de  otras partidas de inversión (compárese con los 45.000€ de inversión no gastada de los presupuestos 2007-2013 que se trasladaron al período 2014-2020, después de pasar por el nunca nacido Plan de crecimiento y empleo de 2012). El diseño del modelo de colaboración pública-privada es cuanto menos enormemente voluntarista con unas tasas de apalancamiento poco realistas y una dependencia excesiva del capital privado.


En cuanto a la coordinación de las políticas fiscales de la Zona euro para impulsar la demanda, de nuevo nos encontramos con la oposición de Alemania. Quien debiera empezar por utilizar estímulos fiscales y hacerlo con mayor intensidad es Alemania (seguido de Austria, países nórdicos,…). Sin embargo, Alemania se niega a hacerlo priorizando mantener el déficit presupuestario cero que acaba de alcanzar.

viernes, 16 de enero de 2015

Grecia en la crisis europea

Este artículo ha sido publicado en:

blog de la fundación 1º de mayo en público.es
http://blogs.publico.es/uno-mayo/2015/01/16/grecia-en-la-crisis-europea/

nuevatribuna.es
http://www.nuevatribuna.es/opinion/javier-doz/grecia-crisis-europea/20150116174417111333.html


Cuando los ecos del brutal ataque del terrorismo yihadista, en París, y de la impresionante respuesta de la ciudadanía francesa se van mitigando, volvemos a tener el nombre de Grecia en el centro de la política europea. Por las elecciones del próximo 25 de enero, por la inestabilidad de los mercados financieros y por las presiones que electores y políticos griegos están sufriendo por parte de los paladines de las políticas de austeridad que, según parece, son incombustibles ante su clamoroso fracaso.

Fue en 2010 cuando la crisis económica mundial comenzó a vivir su fase europea, de la que todavía hoy no se ha salido. El epicentro fue Grecia. Su estallido tuvo lugar en mayo cuando, a través del Ecofin, Alemania impuso su condena a Grecia en forma de rescate, obligando de paso a los países de la Zona euro a adoptar las prescripciones de su economía política más conservadora para gestionar la crisis: austeridad presupuestaria extrema, reformas estructurales que recorten prestaciones y servicios públicos, y devaluación salarial de los países endeudados y sometidos a procesos de rescate para compensar, supuestamente, los efectos recesivos de la austeridad mediante ganancias de competitividad.

Cinco años más tarde, y con la crisis del euro convertida en una crisis política de la Unión Europea, Grecia vuelve a ser el epicentro de su nueva fase. ¿Será la del inicio de la rectificación? ¿O continuará el progreso de cuarteamiento de la UE?

Tras la convocatoria de elecciones generales, por el fracaso de Nueva Democracia en la elección de su candidato a Presidente de la República, se han vuelto a generar presiones políticas tendentes a impedir que el partido al que todas las encuestas señalan como favorito, Syriza, pueda formar un gobierno que ponga en cuestión la continuidad de las políticas de austeridad y promueva la reestructuración de la deuda griega. No son nuevas. Conocidas son las que obligaron a dimitir a Yorgos Papandréu y auparon a Antonis Samarás.  Poco importó, en este caso, que fuese su partido, Nueva Democracia, el responsable de la falsificación de las cuentas públicas griegas que sirvieron de justificación para unos tipos de interés de castigo, impuestos inicialmente en el primer rescate griego al calor de la campaña de la prensa amarilla alemana. Ahora, han sido primero las “declaraciones de fuentes gubernamentales” al semanario Der Spiegel, luego las del presidente del think tank IFO, Hans Werner Sinn, las que han planteando el bajo coste o la necesidad de la salida de Grecia del euro. Matizaciones del gobierno alemán o desmentidos de la Comisión Europea aparte, los mensajes han quedado para su uso en la campaña electoral griega y para alimentar el nerviosismo de los mercados financieros. La jugada es conocida: se alimenta ese fácil nerviosismo y luego se achaca al temor de que la izquierda gane. Profecía autocumplida se llama.

Una de las más inaceptables paradojas de la situación política europea es, sin duda, ésta: los máximos responsables de la imposición a Grecia de una política completamente fracasada, que ha producido un hundimiento económico histórico en Europa después de la 2ª Guerra Mundial, amén de estragos sociales y políticos de parecido o peor calibre, en lugar de cambiarla, tienen la osadía de presionar para que los griegos no voten a aquellas formaciones que preconizan el más que justificado cambio. Siendo el gobierno de Alemania el principal responsable de la dirección de la política económica europea, hay que preguntarse: ¿Cómo es posible que una nación que actúa así pueda seguir ejerciendo -lo quieran o no sus gobernantes- el liderazgo político de Europa? ¿Hacia dónde va la UE con un liderazgo alemán de esta clase? Recientemente, Hans Kundnani ha sumado su voz a la de Joschka Fisher para volver a subrayar esa histórica incapacidad de liderazgo positivo de Alemania sobre Europa. Y no son precisamente “enemigos” de Alemania.

El mal gobierno, la corrupción y la irresponsabilidad de las élites políticas y económicas de Grecia junto con la austeridad extrema han hundido al país. Caída del PIB del 24%, y del 40% de la renta disponible de las familias. Tasas de paro y de pobreza del 26% y del 33%, respectivamente, gravísimo deterioro de los sistemas educativo, sanitario (3 millones de excluidos de la asistencia sanitaria de la seguridad social) y de protección social, drástico recorte de salarios y pensiones, destrucción del diálogo social y la negociación colectiva, vulneración de los convenios internacionales (OIT, Consejo de Europa), bolsas de hambre y desnutrición, etc., etc. Y su deuda pública, si antes del rescate era del 129% del PIB (2009), hoy supera el 180%, después de haber experimentado una quita del 53% de su valor nominal. ¿Puede haber una superior acumulación de pruebas sobre el fracaso absoluto de una política?

Si Grecia es el caso extremo, las consecuencias de la mala “gestión alemana” de la crisis europea afectan a toda la UE: segunda recesión y situación actual de riesgo de estancamiento con deflación. La tendencia general no oculta la profunda divergencia por países de las dos variables principales, crecimiento y empleo. Mientras que los países rescatados, incluido España, Italia y otros están lejos de haber recuperado los niveles de PIB y empleo previos a la crisis, Alemania y otros del Norte ya recuperaron, en 2012, su PIB de 2007. Sin negar el papel de las fortalezas y debilidades internas para este comportamiento tan desigual, no hay duda de que el masivo flujo de capitales hacia Alemania y el Norte de Europa, motivado por decisiones políticas (o la falta de ellas), está siendo una poderosa causa de divergencia. Y si la Unión Europea pasa a ser un factor de divergencia entre sus miembros, invirtiendo el papel jugado desde su fundación, será insostenible a largo o medio plazo.

Hoy reclaman un cambio de rumbo de la política económica europea no sólo los  sindicatos y organizaciones sociales y buena parte de los partidos de izquierda, sino un número creciente de instituciones internacionales y gobiernos y académicos de variado signo político. Lo ha hecho el propio Mario Draghi, con palabras medidas, en Jackson Hole. Pero el poder político determinante de la UE se resiste a reconocer su fracaso. El Consejo Europeo y el BCE, fuertemente presionados, sólo rectifican parcialmente, con retraso, sin plantearse la coordinación de medidas monetarias, fiscales y de inversión. Mientras se está a la espera de que el BCE, el próximo 22 de enero, de un paso más en su política de expansión monetaria, comprando deuda de los Estados, se ve sometido a la oposición del Bundesbank y a la presión de Angela Merkel para que, si lo hace, lo haga en cuantía reducida después de imponer una contraproducente espera. El Plan Juncker está muy lejos, en sus objetivos, de lo que la UE necesitaría para reducir sustancialmente la caída de la inversión que la crisis ha producido (siete puntos de PIB). Que la inversión privada aporte el 80% de la financiación es sólo un deseo. Lo que aportan los presupuestos de la UE, sacándolo de otras partidas de inversión, son unos ridículos 15.000 millones de euros. Compárese esta cifra con los 45.000 millones de inversiones que se dejaron de gastar en los presupuestos ordinarios de 2007-2013 y se trasladaron a 2014-2020, después de ser sólo dibujados en el Plan de crecimiento y empleo de 2012. Pues bien, ni siquiera se aporta esta última cantidad que figuraba en ese fraudulento Plan, aprobado por la cumbre del Consejo y que nunca gastó nada porque no se realizó nada. A pesar de todo ello, el gobierno alemán pone pegas y retrasa la aprobación del Plan Juncker, de modo que su aplicación no se iniciará, en el mejor de los casos, hasta finales de 2015.

Una forma de gobernar así es insostenible. Pone en peligro la existencia de la propia UE. La deriva económica del continente europeo no se arregla con algo más de flexibilidad en los periodos de cumplimiento de los objetivos de déficit (de los de deuda, mejor no hablar porque son inalcanzables para muchos países), algo de expansión monetaria y un poco de inversión. Se necesitaría hacer coincidir en el tiempo y con la mayor intensidad posible cuatro actuaciones: un plan europeo de inversiones como el que propone la Confederación Europea de Sindicatos (250.000 millones anuales durante diez años); la aplicación de toda la gama de medidas de flexibilización cuantitativa por parte del BCE, incluida la compra de deuda de los Estados; una coordinación de las políticas fiscales para activar la demanda; y un plan efectivo contra la evasión y la elusión fiscales. A partir del crecimiento que generaría la combinación de estas medidas se plantearía un mucho más efectivo y menos dañino programa de reducción de los déficits y deudas nacionales. La mutualización de una parte significativa de las deudas de los Estados mediante su conversión a eurobonos, reduciría la necesidad de proceder a reestructuraciones de las mismas. En los casos inevitables (lo es, al menos, el de Grecia) debería procederse con orden y prontitud. Reestructurar la deuda no equivale a su impago. Existen diversas modalidades aplicables a empresas y a Estados. Entre los países europeos que, después de la 2ª Guerra Mundial, reestructuraron su deuda se encuentra Alemania. Lo hizo en 1953, y ayudó poderosamente al “milagro económico alemán”.

Pero aún más preocupante es, a mi juicio, la falta de proyecto político de futuro para Europa que atenaza a las dos principales corrientes políticas del continente, populares y socialdemócratas, en particular cuando desde los gobiernos configuran el poder principal de la UE, el Consejo Europeo. No ha habido ninguna alternativa mínimamente articulada a la política de la “Europa alemana” (la austeridad) como política para la gestión de la  crisis. Y ahora, para enfrentarse a una situación muy difícil, compleja y peligrosa, con manifestaciones mayoritarias de desconfianza de la población hacia las instituciones políticas europeas y nacionales, con síntomas serios de deslegitimación de los sistemas democráticos, con un auge de las corrientes políticas nacionalistas, xenófobas, populistas o de extrema derecha en numerosos países europeos, todas ellas contrarias a la existencia misma de la UE y algunas de ellas con aspiraciones a ser la primera fuerza política en países centrales (Frente Nacional en Francia), ¿cuál es la respuesta de los principales líderes políticos europeos? Simplemente, capear el temporal, sin ideas ni proyectos. Se cede en la vía de la renacionalización de las políticas, como  es el caso del programa REFIT que, con la excusa de simplificar la legislación europea, va a eliminar importantes directivas que protegen derechos sociales o medioambientales. Idéntica dirección llevan las concesiones que se están preparando para que el gobierno de Cameron no convoque el anunciado referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE. En los ámbitos nacionales, son muchos los partidos, en el gobierno o en la posición, que adoptan puntos de vista propios de la agenda de la extrema derecha antieuropeísta, en cuestiones como las migraciones o la movilidad de los ciudadanos de la UE.

Actuando así no sólo no se solucionará la crisis política que atenaza la UE sino que se agudizará. Los lazos de cohesión imprescindibles para mantener unido el proyecto europeo continuarán deteriorándose.  Para superar la desconfianza profunda de la ciudadanía en los responsables políticos y las instituciones de la UE se necesitan, sobre todo, dos cosas: por un lado percibir de un modo efectivo que las decisiones que se adoptan enfrentan correctamente los problemas en beneficio de la mayoría, que no generan desigualdad, de trato ni de resultados, entre los Estados o en el interior de los mismos; por otro, que los líderes políticos, los partidos políticos europeos (¿existen realmente?)  tengan un proyecto claro de hacia dónde debe ir Europa y que medios se necesitan para ello.

La crisis política que vive la UE sólo se solucionará con más Europa, pero con una Europa mucho más democrática, socialmente avanzada y solidaria. Caminar hacia ella puede requerir probablemente una refundación política y la adopción de un modelo que no se puede alejar mucho del propio de una federación o confederación de Estados. Las fuerzas políticas y sociales que realmente creen en un proyecto europeo fundamentado en dichos valores tienen que salir de la posición defensiva que les ha atenazado durante más de una década y comenzar a dar la batalla ideológica y política para construir una mayoría social de escala europea que lo sustente. El 11 de diciembre, en París y otras ciudades de Francia, el pueblo francés con la presencia simbólica de los demás pueblos europeos se enfrentó unido a quienes quieren acabar con una parte de las ideas y valores sobre los que se sustenta la Unión Europea. No debiera ser flor de un día, como algunos quieren ya convertirlo.

Europa, la UE, para recobrar su alma y su impulso necesitan ideas y valores sólidos y cohesionadores. Las próximas elecciones griegas y las reacciones que desencadenen sus resultados, sobre todo si se confirma el triunfo de Syriza, deberían servir de ayuda para la superación de las malas ideas y las malas prácticas que llevan hacia el fin del proyecto político más importante del Siglo XX (que ya no lo está pareciendo en lo que llevamos de Siglo XXI),  y a la apertura de un proceso de reflexión y debate públicos sobre la Europa del futuro.


miércoles, 7 de enero de 2015

Grecia en la crisis europea (Breve)

Fue en 2010, con una gestación que se inicia a finales de 2009, cuando la crisis económica mundial comienza a vivir públicamente su fase europea, de la que hoy todavía no se ha salido. El epicentro fue Grecia. Su estallido tuvo lugar en mayo cuando, a través del Ecofin, Alemania impone su condena a Grecia en forma de rescate y de paso obliga a los países de la Zona euro a adoptar los principios de su visión de economía política para gestionar la crisis: austeridad presupuestaria hasta alacnazar el déficit cero, reformas estructurales que recorten prestaciones y servicios públicos y devaluación salarial de los países endeudados y sometidos a procesos de rescate para compensar supuestamente los efectos recesivos de la austeridad mediante ganancias de competitividad.

Cinco años más tarde, y con la crisis del euro convertida en una crisis política de la Unión Europea, Grecia vuelve a ser el epicentro de una nueva fase de la agudización de la crisis europea. La convocatoria de las elecciones generales griegas del 25 de enero, tras fracasar Nueva Democracia en la elección de su candidato a Presidente de la República, ha vuelto a generar presiones políticas tendentes a impedir que el Partido al que todas las encuestas señalan como favorito, Syriza, pueda formar un gobierno que ponga en cuestión la continuidad de las políticas de austeridad y promueva la reestructuración de la deuda griega.

Es decir, los máximos responsables de la imposición a Grecia de una política completamente fracasada, que ha producido un hundimiento económico de un nivel desconocido en Europa después de la 2ª Guerra Mundial, amén de estragos sociales y políticos de parecido o peor calibre, tienen la desfachatez de presionar para que los griegos no voten a aquellas formaciones que quieren cambiarla.

¿Cómo es posible que una nación que actúa así pueda seguir ejerciendo -lo quieran o no sus gobernantes- el liderazgo político de Europa? 

martes, 30 de diciembre de 2014

Grecia: las mentiras y el miedo de las élites gobernantes europeas

La utilización sistemática de la mentira es la conducta habitual de las élites gobernantes. Máxime en tiempos de crisis. Respecto a Grecia,cuya situación económica y social provocada por las políticas de la troika es la peor de Europa,el ministro de finanzas alemán, Wolfgang Schäuble acaba de decir, en su primera advertencia ante el riesgo de victoria de Syriza en las elecciones del 25 de enero: "Las reformas emprendidas en Grecia han dado sus frutos y no hay alternativa a ese camino". 

Uno de los mayores responsables del hundimiento económico y social que vive Grecia como consecuencia de las políticas de austeridad, recortes de derechos sociales y laborales (no otra cosa son las cacareadas "reformas estructurales") y devaluación salarial, impuestas por Alemania a los países periféricos de la UE, tiene la desfachatez de afirmar que las reformas han dado sus frutos por el hecho de que después de seis años de caída del PIB, éste haya dado positivo ¡un trimestre!.


Si estos son los frutos ¿como cabría calificar lo esencial de la situación de Grecia? Esta se puede resumir en las siguientes cifras. PIB: - 25%;  renta disponible de las familias: -40%; pobreza: 33% de la población; sin acceso a la asistencia sanitaria de la Seguridad Social: 30% de la población, más de tres millones de personas; cientos de miles de familias sin calefacción; bolsas de hambre y desnutrición; índice de suicidios disparado; etc.. Y la deuda pública, cuya reducción era el supuesto gran objetivo de las políticas de austeridad, disparada: ha pasado de representar el 129% del PIB en 2009 a casi el 180% en la actualidad, después de haber tenido una quita de nada menos que del 52% de su valor nominal en 2012. Los políticos como Schäuble no pueden calificar esto, simplemente pretenden ocultarlo, ignorarlo y cubrirlo con un manto de mentiras.


Pero como es imposible hacerlo, sólo les queda provocar el miedo. Por eso, los responsables de unas políticas que cualquier observador riguroso no podría sino calificar de absoluto fracaso, con tremendos costes sociales injustamente repartidos, se apresuran a añadir que no hay alternativa ninguna, que salirse de ellas conduce a la hecatombe, que los que quieren apartarse de tan virtuoso y fructífero camino son unos populistas.


Pero sólo defienden intereses de parte desde postulados de economía política extremadamente conservadores que no han sido refrendados por la realidad en ningún momento de la historia de las crisis económicas. Por el contrario, han sido refutados.


Es cuestión de salud pública desalojar democráticamente a estas élites del poder en toda Europa.


jueves, 18 de diciembre de 2014

CUBA

Casi 56 años después de que, en la madrugada del 1 de enero de 1959 entraran en La Habana las tropas del 2º Frente Nacional de Escambray, comandadas por Eloy Gutiérrez Menoyo -al día siguiente lo harían las del Movimiento 26 de julio con los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara al frente, mientras que el mismo día uno Fidel Castro tomó Santiago de Cuba-, casi 54 años después de que Estados Unidos rompiera las relaciones diplomáticas con Cuba, iniciando un embargo económico total, amén de emprender numerosas intentonas para derrocar al régimen castrista, los presidentes Obama y Raul Castro anunciaron ayer simultáneamente el propósito de restablecer las relaciones diplomáticas entre ambos países. Al mismo tiempo se produjo un intercambio de presos condenados por actividades de espionaje: dos estadounidenses y tres cubanos.

Dos son, a mi juicio, los mensajes principales de la declaración de Obama. Uno dirigido al exilio cubano de Miami y a la derecha del Partido Republicano y de su propio partido: 50 años de hostilidad y embargo no han servido para alcanzar ninguno de los objetivos para los que fue establecido. El segundo tenía como destinatarios a las naciones de América Latina, ante las cuales la posición de los EE UU frente a Cuba estaba cada vez más aislada: "Todos somos americanos". ¿Inaugurará una nueva etapa de mayor interés de los EE UU hacia América Latina, y de nuevas relaciones basadas en la igualdad y la cooperación? Aún es pronto para saberlo y en parte va a depender de cual sea la reacción del partido que controla el Congreso y el Senado. Algunas declaraciones primerizas de parlamentarios republicanos apuntan al rechazo del fin del embargo. Pero Obama parece decidido a no caer en el síndrome del "pato cojo" de la etapa final de los segundos mandatos presidenciales. 

Del lado cubano la decisión también tiene sus riesgos. Raúl Castro parece decidido a profundizar en el modelo chino de economía mixta con férreo control político a través del partido único. Sabe que el peligro de contagio de las ansias de libertad -y de revancha de una parte del exilio cubano- que conllevan unas relaciones económicas, comerciales y turísticas abiertas es mucho mayor entre EE UU y Cuba que entre, por ejemplo, EE UU y China, por tamaño, proximidad geográfica y afinidades culturales. También, que nada une más y justifica errores y penurias que la existencia de un "enemigo exterior" bien real. Pero los hermanos Castro y la dirección del PCC no tenían otra opción que arriesgarse, so pena de perder cualquier fuente de legitimación y, sobre todo, cuando es muy real el peligro de una nueva crisis económica si Venezuela se ve obligada a cesar o reducir su ayuda a Cuba, por el hundimiento de los precios del petróleo y la grave situación económica que padece. El régimen cubano no puede permitirse un segundo "período especial" como el que vivió en los noventa tras el hundimiento de la Unión Soviética y las "democracias populares" europeas. La opción, desde un punto de vista económico es arriesgada pero inevitable y, por otra parte, es lo que ha venido reclamando Cuba desde hace décadas.

La reanudación de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los EE UU es una buena noticia en un mundo que últimamente anda escasa de ellas. El fin del embargo debe ser su correlato pero no está garantizado. 

En cualquier caso, desde la izquierda no podemos dejar de decir que la democracia y la vigencia plena de los derechos humanos son condiciones necesarias en cualquier sociedad justa y que no son incompatibles con el mantenimiento de los logros de la Revolución cubana, que sin duda los tiene.


viernes, 5 de diciembre de 2014

Artículo 135 de la Constitución: ¿modificar o derogar la reforma de 2011?

Publicado en el Blog de la Fundación 1º de Mayo_Economía, Trabajo y Sociedad en el diario digital Público.es 
http://blogs.publico.es/uno-mayo/2014/12/05/articulo-135-de-la-constitucion-modificar-o-derogar-la-reforma-de-2011/

Javier Doz | presidente de la  Fundación 1º de Mayo

La propuesta de revisar la reforma del artículo 135 de la Constitución Española, efectuada por el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha servido para que los principales portavoces del PP se hayan lanzado en tromba contra él, tildándole de irresponsable y veleta. Los demás partidos de la oposición se han conformado con llamarle oportunista.
Pero Pedro Sánchez tiene toda la razón en reabrir el debate, al calor de una proposición parlamentaria de la Izquierda Plural, y sólo parte de ella en el alcance que quiere dar a la reforma. Lo que pretende es suprimir la parte más dañina y estrambótica de aquella reforma constitucional, pactada con nocturnidad y alevosía por Zapatero y Rajoy, e implementada en el tiempo récord de quince días de agosto de 2011. Porque su redacción, tal vez fruto de las extraordinarias prisas si no de la impericia de sus redactores y de la irresponsabilidad de los dirigentes de ambos partidos, fue más allá de lo exigido por el diktat del BCE y del gobierno alemán, al establecer la prioridad absoluta del pago de la carga de la deuda sobre cualquier otro gasto presupuestario, por muy vital que fuese para la ciudadanía del Estado Español o para sus instituciones.
¿Nos podemos imaginar cómo se podrían renegociar unas mejores condiciones de pago con los acreedores de España, si estos pueden parapetarse en un mandato de nuestra Constitución para negarse a ello? ¿Por qué no existe esta prescripción de prioridad absoluta de pago ni en la Constitución alemana ni en ninguna otra de la UE? En la vorágine de los últimos tres años de crisis española y europea había caído en relativo olvido uno de sus episodios más oscuros y lamentables. Un episodio en el cual la soberanía y la dignidad de los españoles fueron vapuleadas. A quienes últimamente se llenan la boca con tanta frecuencia con las apelaciones a la soberanía nacional hay que recordar que la peor forma de no respetarla es subordinar los intereses de la inmensa mayoría a los dictados de los poderes económicos y de los mercados y de los poderes políticos exteriores que dicen interpretarlos.
En agosto de 2011 se rompió el consenso constitucional
Ha hecho bien Pedro Sánchez en reabrir el debate. Tiene razón en su propuesta. Pero esta tiene un alcance limitado. Porque lo que habría que hacer es derogar la nueva redacción del artículo 135 de la CE, que lo que hace es elevar la exigencia de déficit presupuestario cero en el conjunto de las Administraciones Públicas al rango constitucional. ¿Por qué? Porque lo que se hizo no fue otra cosa que constitucionalizar uno de los principios de la corriente más influyente de la economía política alemana, el ordoliberalismo. Esta corriente, fundada en los años treinta del Siglo XX al calor de la hiperinflación de la República de Weimar, está hoy trufada con postulados muy conservadores tomados de la economía neoclásica y de la economía de la oferta que han terminado por configurar lo que podría denominarse también neoliberalismo alemán.
Al constitucionalizar un principio de economía política tan discutible y tan de parte, tan ferozmente antikeynesiano, el PSOE y el PP rompieron, en agosto de 2011, el consenso constitucional más allá de la aritmética de aquella votación parlamentaria. Y lo hicieron introduciendo un precepto que sintetiza como pocos las políticas de austeridad que simultáneamente imponían las instituciones europeas y sobre las cuales la opinión, hoy mayoritaria, entre analistas e instituciones internacionales es que han fracasado, además de ser socialmente injustas por el tipo de reparto de las cargas de la crisis que establecen. Y por si no fueran suficientes estos argumentos para reclamar la derogación de la reforma constitucional del 2011, habría que añadir que ninguna constitución, y menos aún una que se precia de haber nacido sobre la base de un gran consenso político, puede colocar un dogal de tal dimensión sobre las políticas fiscal y presupuestaria de cualquier gobierno futuro.
La reducción del déficit público es necesaria
Por supuesto que es necesario reducir el déficit público y controlar el volumen de la deuda para que el servicio de la misma no suponga una carga insoportable para las cuentas públicas. Pero como muestra el análisis histórico de las políticas aplicadas para hacer frente a las crisis económicas y financieras desde finales del Siglo XIX -uno de los más completos es el contenido en el informe presentado por el propio FMI en la reunión anual de otoño que se celebró en Tokio en octubre de 2012- cuando se aplicaron políticas de austeridad fiscal y presupuestaria, la crisis se prolongó y profundizó, cayeron el crecimiento y el empleo y, por lo general, tampoco se redujeron el déficit y la deuda. Incluso, estos aumentaron por la disminución de los ingresos fiscales debida a la inducida caída de la actividad económica. Sólo las políticas keynesianas de estímulo de la demanda agregada para relanzar el crecimiento y el empleo han sido útiles parta salir de las crisis financieras y económicas
Una vez que las políticas monetarias y fiscales expansivas han logrado la recuperación del crecimiento económico es cuando los gobiernos deberían centrarse en la reducción del déficit y de la deuda -con o sin reestructuración de ésta última-, pero ya desde las mucho mejores condiciones para hacerlo derivadas del crecimiento de la economía.
¿Mantener en la Constitución el núcleo de unas políticas fracasadas?
La gestión política de la crisis actual, la más profunda desde la Gran Depresión, vuelve a corroborar los análisis de la historia económica. La comparación entre los resultados de las políticas de austeridad, reformas estructurales -que no han sido otra cosa que recortes de derechos y prestaciones laborales y sociales- y de devaluación interna, impuestas por Berlín y Bruselas a toda la UE, y en particular a la Zona euro, con los obtenidos por EE UU y los países del G20 que mantuvieron los compromisos y orientaciones de sus cumbres de 2008 y 2009, es evidente. Estos han dado resultados positivos mientras que la austeridad y sus acompañantes han sido un fracaso. Al otro lado del Atlántico se han recuperado niveles de crecimiento y empleo anteriores al estallido de la crisis. La UE, por el contrario, sufrió una segunda recesión y corre el riesgo de caer en una tercera o iniciar un largo período de estancamiento y deflación (a la japonesa). Una mayoría de países europeos, entre ellos España, están muy lejos de recuperar los niveles de empleo anteriores a la crisis, mientras que el crédito y la inversión siguen sin repuntar. A esto hay que añadir las insoportables secuelas de pobreza, incremento de la desigualdad y deterioro de los servicios públicos esenciales,
Por todo ello, pienso que es más que razonable reclamar la anulación de una reforma constitucional que simboliza la esencia de una política tan fracasada como injusta, máxime cuando su precepto esencial, el déficit cero, no se cumple porque resulta imposible de cumplir. Es cierto que, en el contexto político actual, la anulación de la reforma podría provocar un aumento de la prima de riesgo e ir contra corriente de las prescripciones del Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria (2012). Sobre lo primero, pienso que para abaratar los intereses de la deuda lo más importantes es entrar en una senda de crecimiento económico sostenible y disponer de un sistema fiscal progresivo que proporcione ingresos suficientes al Estado. Sobre lo segundo, habría que subrayar que la UE vive una crisis política que no puede superarse dentro del actual marco institucional. Las fuertes tendencias centrífugas que la crisis, su mala gestión y la falta de proyecto político de futuro han generado sólo se podrán vencer con una reforma en profundidad de los tratados que permitan revitalizar la UE con un nuevo proyecto más democrático y socialmente avanzado. Y para ese nuevo proyecto buena parte del Fiscal compact y demás instrumentos de “gobernanza de la austeridad” son inservibles.
Por otro lado, como recientemente acaba de recordar Joaquín Estefanía, la redacción primigenia del 135 contenía ya otro párrafo sumamente inconveniente. Aquel que refiriéndose a los créditos destinados a hacer frente al pago de la deuda afirma: “Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la ley de emisión”. Una interpretación literal de este precepto impediría cualquier tipo de reestructuración de la deuda española, sea por quita, ampliación de los plazos de pago o reducción de los tipos de interés que se pagan por ella.
En España, que vive una profunda crisis social y política, la reforma del artículo 135 de la CE, que derogase la modificación de 2011 y otros aspectos como el que acabamos de comentar, debería efectuarse en el marco de una reforma constitucional de calado que abordase todo lo que ha quedado obsoleto, se ha mostrado inconveniente, o se necesita para hacer frente a nuevas situaciones políticas o exigencias de la ciudadanía. Pero este es ya otro capítulo.