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miércoles, 19 de junio de 2013

De Sidi Bouzid a Estambul y Sao Paulo, ¿qué tienen en común las movilizaciones de los "indignados"?

En diciembre de 2010 Mohamed Bouazizi se quemó a lo bonzo en Sidi Bouzid porque no pudo soportar el maltrato de dos policías. Su autoinmolación desencadenó un enorme movimiento de protesta que acabó con la dictadura de Ben Alí, bien apoyada por las democracias occidentales (en particular por Francia), y que fue el pistoletazo de salida de la llamada Primavera Árabe que ha provocado la caída de cuatro dictadores, cambios políticos en otros regímenes no democráticos y dos guerra civiles, la más sangrienta de las cuales, la guerra civil de Siria (95.000 muertos y 1,6 millones de refugiados), todavía no ha concluido.

En el mes de junio de 2013, se han producido movilizaciones masivas -de las características que permiten encuadrarlas en ese tipo de movilizaciones denominadas con el término periodístico de "los indignados"- en dos nuevos países: Turquía y Brasil

En Estambul, la espoleta fue la protesta contra el derribo de algunos árboles centenarios del parque Gezi, junto a la Plaza Taksim, para construir un nuevo puente sobre el Bósforo. El desarrollo de los acontecimientos ha desenmascarado el autoritarismo profundo del "islamismo moderado" de Erdogan y del gobierno del AKP (Partido Justicia y Desarrollo) y amenaza con promover un enfrentamiento de imprevisibles consecuencias entre la Turquía laica, al tiempo moderna y heredera de la República de Turquía fundada por Mustafa Kemal en 1923, y la Turquía conservadora, musulmana y rural.

En Sao Paulo, el desencadenante fue la protesta contra el aumento del precio de los billetes de los autobuses urbanos de la ciudad en 20 céntimos de real (unos 7 céntimos de euro) y de apoyo a la reivindicación de transporte público gratuito. El pasado domingo, más de un millón de brasileños de todas las clases sociales se echaron a la calles en varias ciudades del país, destacando la impresionante manifestación de 650.000 personas en Sao Paulo. Los eslóganes más coreados apuntaban a la corrupción política que asola el Brasil democrático. La protesta ha puesto a prueba muy seriamente al gobierno de izquierdas de Dilma Rousseff y del Partido de los Trabajadores (PT). Por el momento, la reacción ha sido la contraria a la de Erdogan. Rousseff ha tendido la mano a los manifestantes.

En estos dos años y medio ha habido protestas similares en decenas de países de Europa, América y Norte de África-Oriente Próximo. Las más destacadas, además de las ya mencionadas, las que han tenido lugar en España (con su epicentro en La Puerta del Sol madrileña), Italia (única nación en la que la protesta ha tenido como derivada una plataforma política, el Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo que obtuvo el 25,5 % de los votos en las últimas elecciones generales), Chile, con la defensa de la educación pública como principal reivindicación,Israel y los EE UU, donde el movimiento Occupy Wall Street ha tenido mucho mucho más impacto mediático que masividad en las calles.

Me gustaría hacer una primera aproximación de respuesta a la pregunta ¿Qué es lo que une a estos movimientos que se producen en países con culturas políticas aparentemente tan distintas, unos dictaduras , otros democracias?

Algunos de los elementos que podrían configurar un mínimo común denominador de estos movimientos sociales de protesta son:

- El rechazo a la corrupción político-económica rampante y reinante en todos los países. Más en las dictaduras pero también mucha en las democracias.

- El rechazo a las brutales  desigualdades e injusticias sociales.

- El rechazo al sometimiento de la política a los poderes financieros y económicos.

- Estos tres factores se hacen más insoportables en medio de una crisis económica tan profunda como la que padecemos.

- El rechazo al autoritarismo y, en particular, a la represión policial de las protestas.

- La desconfianza en los sistemas políticos democráticos tradicionales, por su falta de transparencia, por sus costumbres oligárquico-caciquiles, por el desprecio al valor de las promesas electorales, por los inaceptables niveles que alcanza la corrupción, por la falta de participación ciudadana, por ser vistos como sistemas al servicio de los ricos y poderosos, etc.

- La desconfianza política, que en España alcanza cotas elevadísimas propias de la deslegitimación social, afecta a instituciones (gobierno, parlamento,...) y partidos. También toca, aunque en menor medida, a  organizaciones sociales tradicionales como los sindicatos.

- Las aspiraciones de libertad y democracia formales y reales, contra todas las formas de dictadura.

- El apego a los valores de igualdad y solidaridad, la aspiración a construir sociedades más justas.

- La espontaneidad con la que surgen y se desarrollan, al margen de las organizaciones tradicionales políticas y sociales, a partir de la existencia de importantes sustratos socioculturales y de la acción de "espoletas" de fuerte contenido simbólico.

- La utilización masiva como factor encauzador de la espontaneidad y elemento sustitutivo de las organizaciones tradicionales (aquí hay matices por situaciones, momentos y países) de las redes sociales: Facebook, Twitter, WhatsApp, etc.

Todo esto es, con algún matiz, positivo y esperanzador en relación con la muy lamentable forma de gobernar las cosas en este mundo. 

No todo son, por supuesto, similitudes o factores sociales positivos. Pero para hablar de las diferencias, los elementos negativos o contradictorios y los desarrollos más problemáticos,... otro día.



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